Por ALONSO FLORES


“en el edificio encontramos tesoros, como
la bÓveda y un reloj en relieve”
“Soy parte de un grupo de personas que apostamos por el Centro. Nos encanta, es una joya que no hay en todo el continente, desde Tierra del Fuego hasta Manitoba, (Canadá) no hay otro”, afirma convencido Alejandro Hernández Velázquez, socio y director Operativo del gimnasio Urban Fitness.
    A sus 30 años, Alejandro trata de hacer crecer Urban Fitness. El negocio que abrió en abril de 2008 y ofrece a una clase media joven y dinámica los servicios de un gimnasio moderno a sólo dos cuadras del Zócalo, algo que hace unos años hubiese sonado muy arriesgado.

¿Por quÉ en el Centro?
En la oficina, los teléfonos no dejan de repiquetear, ni el blackberry para de vibrar; sin embargo, Alejandro, que de algún modo representa a una nueva generación de empresarios del Centro Histórico, hace un relato ameno y relajado de su vida. Y de cómo fundó Urban Fitness.
    “Todo mundo nos pregunta ‘¿por qué en el Centro?’. Porque se está invirtiendo en su recuperación y creemos que se está logrando.
    Y por otro lado mi abuelo, un ingeniero civil, siempre nos contaba de cuando venía a Hacienda —que estaba en Palacio Nacional— que venir al Centro era algo muy elegante”.
    “Le apostamos porque nos gusta, porque hay un mercado (para su gimnasio) ni hay oferta de servicios como la nuestra”, dice.
    El edificio donde trabaja, en el número 35 de la calle 5 de Mayo fue construido en 1927 y alojó las bóvedas del Banco de México.
    “Este espacio es la inspiración. Nos gustó el estilo arquitectónico art deco. Es un edificio como los de Nueva York, pesado, fuerte, que va con la imagen de un gimnasio. Además encontramos tesoros, como la bóveda y un reloj en relieve, que reflejan el crecimiento económico de México de los años 20 a los 50. Me fascina”.
    Pero, sobre todo, disfruta estar en el Centro.
    “Es un folclor, en cada esquina hay cosas sorprendentes. Hay mucho movimiento, es diverso, con todo tipo de personas y negocios, es único. Te vas a cualquier otra parte de la Ciudad y nada que ver, el Centro es punto y aparte.
    “Con mi papá veníamos casi cada fin de semana a comer al Centro Castellano, que le gustaba mucho; yo tenía unos seis años y me chocaban las alubias. El gusto por el Centro lo traigo en la sangre”.

El bebÉ
En tenis, con pantalón de mezclilla y una sudadera, cuenta que nació en la Ciudad de México. Estudió parte de la preparatoria en Irlanda, cursó una licenciatura en mercadotecnia en el Tec de Monterrey campus Ciudad de México y una maestría en Inglaterra.
    “Yo iba a estudiar Ciencias Políticas en la unam; pasé el examen, pero se vino la huelga y fue ahí donde cambió mi vida”.
    “Llego a las nueve de la mañana a checar los pendientes, superviso los trabajos de ampliación del local y estoy hasta la noche haciendo cuentas, solucionando imprevistos”.
    “No es nada espectacular, no hay fuegos artificiales ni circo, es un trabajo de números y sobre todo ver hacia dónde puede crecer el negocio, porque queremos crear una cadena Urban Fitness”.
Por el momento, se concentra en éste, al que considera “el bebé, la plataforma de despegue”.
    En el primer año tenían pronosticadas 500 ventas, y llegaron a mil 300. El 65 por ciento de sus socios son hombres y 35 por ciento son mujeres, con una edad promedio de de 35 años e ingresos arriba de los 13 mil pesos. El 80 por ciento trabaja en el Centro, y el resto “es gente que vive aquí o está de viaje”.

“Me rompiÓ la mano izquierda”
Afortunadamente su negocio tiene que ver con el deporte, al cual dedicó gran parte de sus energías.
    “En mi casa me inculcaron el deporte desde niño, mi papá formaba parte del Comité Olímpico Mexicano. Yo practicaba hockey sobre pasto, fui seleccionado nacional y a los 15 años asistí al mundial juvenil. Allí, en un partido de entrena miento un integrante del equipo del Ejército de Paquistán me rompió la mano izquierda con el stick (palo)”, cuenta, y muestra las cicatrices.
    Una vez recuperado de la lesión, siguió compitiendo, hasta que entró a la universidad.
    “Aquí no hay muchos apoyos. O estudias y trabajas, o haces deporte”.
    Alejandro se decidió por el trabajo, con una idea en la cabeza: “si tienes la oportunidad, haz las cosas lo mejor que puedas y deja una huella, para que cuando estés en tus últimos días puedas voltear atrás y decir ‘hice mi mejor esfuerzo”.

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