"Algunos clientes dicen que está bien el horario porque no podrían venir en otro momento"
Por alonso flores



"He aprendido que todos somos iguales y que hay que tratarnos con
respeto"
Son las 10 de la noche y Agustín Sánchez López apenas está a la mitad de la jornada laboral en su peluquería, en el número 45 de la calle de Regina. Ágil, como si bailara al ritmo del sonido de las tijeras, camina alrededor del sillón mientras le da forma al cabello de un joven cliente al que conoce de toda la vida.
    Don Agustín trabaja de noche. Abre a las siete y cierra "hasta morir" (generalmente entre medianoche y la una de la mañana) aunque, dice, muchas veces se ha quedado hasta las tres. Ofrecer un servicio nocturno de peluquería es una singularidad que sólo comparte, según sabe, "con un compañero de Tepito".
    Empezó con esta modalidad hace ocho años cuando su hermano, quien trabajaba con él, se fue. "Se me juntaba la gente y para poder atenderlos empecé a salir a las 11 ó 12, trabajando desde el mediodía; luego por el cansancio empecé a abrir más tarde... Ahora algunos clientes me dicen que está bien el horario porque no podrían venir en otro momento".
    Tiene 70 años y a los 15 ya era aprendiz en La Rosita, una peluquería de su natal Tlaxcala. A los 20 llegó al Distrito Federal. Luego de trabajar en otras peluquerías por fin pudo establecerse, desde hace cuarenta años, en su local de Regina.
    "Llegué como todos, a trabajar, y a través de los años se fue logrando. Antes usaba una maquinita de mano, no sabía manejar la eléctrica, pero aquí aprendí".

"Siempre me ha gustado estar aquÍ"
Desde su puerta de madera Don Agustín ha visto transformase la calle de Regina: "antes estaba muerta, sólo estaba la peluquería, una imprenta, una tintorería y una farmacia. Ahora hay comercios a cada paso, se ve más animada, con mucha más gente... A mí me gusta como la están arreglando", dice, sobre los trabajos de infraestruc-tura urbana que se llevan a cabo.
    "Me gusta mi trabajo y me gusta esta calle porque además de cortar el pelo tengo muchas amistades y conozco a muchas personas de las que he aprendido... He aprendido que todos somos iguales y que hay que tratarnos con respeto porque nadie es más que otro".
    Don Agustín camina cada madrugada a su casa, también en la calle de Regina, y recorre con frecuencia la de Boturini, donde se surte de los artículos que necesita para su trabajo, desde navajas hasta batas o capas. "Siempre me ha gustado estar aquí, en todo este tiempo he vivido tranquilo".
    A don Agustín le dicen Choti. Por haber nacido el día de San Sotero, en su casa le decían Sote "y no faltó quien me dijo Choti y así se me quedó desde niño. Un amigo de Tlaxcala llegó al D.F. y me llamó Choti, la gente lo escuchó y entonces ya es como me dicen".
    Por sus tijeras han pasado muchas personas que como él forman parte de la vida del Centro.     "Vienen periodistas, ingenieros, tengo un amigo que se llama Israel y es director de teatro, tengo otro cliente que es pintor. Tuve uno que vivía en Pino Suárez y fue campeón nacional de ciclismo, también boxeadores amateurs, luchadores, novilleros y actualmente un picador de toros, vecino de la calle de San Jerónimo".

BailarÍn de lujo
Don Agustín vino a trabajar duro a la Ciudad de México, pero no dejó de cultivar su mayor gusto desde que era adolescente: el baile, que hasta la fecha practica cada domingo en el Salón Los Ángeles.
    "Allá (en Tlaxcala) me gustaba juntarme con los amigos y formamos un club de música.     Empezamos con una guitarra y unas maracas y formamos Los Diablos del Ritmo. Yo tenía entre 16 y 17 años, era percusionista, tocaba el cencerro. Vinimos dos veces a participar en el programa Arte y Destreza de Televicentro, en avenida Chapultepec. La primera vez ganamos el tercer lugar, y la segunda quedamos en cuarto. Ahí conocí a Chabelo cuando empezaba, salía en un comercial de los dulces Luxus, que eran los que patrocinaban el programa".
    Entonces descubrió el placer del baile. En sus correrías bailó en el Salón México, conocido como la catedral del danzón de la capital; también en la pista del Colonia, y recuerda que en el Los Ángeles no dejaban entrar sin corbata, por eso quien llegaba por primera vez y no lo sabía, tenía que comprar una a las afueras del salón. "Había donde bailar toda la semana, El Fénix, La Foresta, La Nao, Los Abanicos, El California, cada uno tenía sus días, aunque el domingo podías ir a cualquiera.
    "Me gustaba tanto el baile que sin que me pagaran anduve como 10 años de ayudante, de secre en la orquesta de Gamboa Ceballos. Ponía los atriles y los instrumentos en sus lugares, a veces hasta hice coros y toqué el güiro".
    Ahora hay pocos salones de baile, pero él sigue practicándolo cada noche, en su casa, por lo menos 15 minutos. "Diario bailo solito, con mi sombra". Ya animado, interrumpe el corte para mostrar unos pasos. "Mi estilo es básico", dice, mientras sus pies se mueven con el ritmo memorizado a fuerza de años, hacia adelante y hacia atrás, giran y regresan a su punto original.
    Continúa con el corte y cuenta: "hay quien me ha dicho que cuando corto el pelo, parece que estoy bailando. Cuando hay música de plano dan ganas, pero me aguanto, me guardo para el domingo".

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