

De toda la República
En los 45 años que lleva trabajando en los portales, en su escritorio de madera y con sus máquinas de escribir —pasó de las mecánicas, a las eléctricas—, ha hecho todo tipo de trabajos.
“Servimos como intermediarios para la comunicación entre el pueblo y la autoridad. Si les responden, eso quiere decir que escribí bien yo. Ésa es mi calificación que me da la sociedad y por eso es que los clientes regresan”, asegura don Miguel.
“La diversidad es enorme”, agrega. “La gente llega de los estados de la República porque se les olvidó algún escrito o documento para una gestión o un trámite, y se acuerdan de que estamos aquí porque algún día vinieron con sus padres o abuelos”.
“También vienen turistas de todo el mundo, nos piden que les escribamos sus cartas y cuentan que aquí estamos los escribanos. Entonces”, bromea, “le ponemos: ‘No me olvides, amor mío, que yo ando aquí con otra, feliz. Regresaré pronto”.
“Servimos como
intermediarios para la comunicaciÓn
entre el pueblo
y la autoridad”.
Miguel HernÁndez Escribano
“Bueno y sano”
Poblano de nacimiento, estudió la primaria y luego mecanografía y taquigrafía en la Academia Arreola, de Tulancingo, Hidalgo. Escribir por otros ha sido su oficio desde 1965, cuando a sus 14 años llegó a la Ciudad de México.
“Aquí había mucho trabajo. Los escribanos no se daban abasto y uno ganaba bastante bien”, dice, al recordar los tiempos en que cobraba a peso la cuartilla (ahora cuesta 10 pesos) y se iba a la función de media noche del cine Latino o del París, o se tomaba una cerveza con los amigos en las cantinas cercanas.
Ahora ya no sale tanto de noche, pero disfruta de su entorno. Por las tardes se va a caminar y escucha alguna conferencia en El Colegio Nacional, “sólo por el gusto de estar un rato ahí”. También le gustan la Catedral, el Palacio Nacional y el edificio de la sep.
El Centro Histórico “es el centro de toda la Nación, un lugar que no puede desvirtuarse, ni destruirse, sino al contrario, hay que recuperarlo para mostrarlo a los demás bueno y sano.
También es necesario cambiar la situación social, ofrecer trabajo, mejores servicios, de otra manera sólo será escenografía”, señala con tono prudente.
Actualmente, el portal y la Plaza de Santo Domingo se están remozando, y aunque las obras han alejado a la clientela, el escribano tiene esperanza. Éste es “un espacio vivo que es útil, que debe conservarse para todos. Un lugar que sirve a la gente, a la sociedad; si no, ya nos hubieran quitado”, dice convencido.
“No saben de trÁmites”
Heredero de quienes trabajaban con tinteros y plumas de ave en este mismo portal, y eran llamados evangelistas, don Miguel mira hacia el futuro.
“Con las computadoras y el Internet todo se ha ido transformando. Desde hace unos cinco años ha bajado la actividad aquí. Pero si la gente va a un café Internet, sólo les dicen ‘haga lo que quiera en la máquina’, y muchas veces no saben usarlas; además, los que atienden no saben nada de trámites, ni de las necesidades de las personas”.
“Nosotros seguimos teniendo trabajo porque aunque ya hay acceso a las computadoras, se ha descuidado mucho la cultura y escriben como pueden. No tienen las reglas, y por eso siguen requiriendo este apoyo”.
“Así como pasamos de las máquinas mecánicas a las eléctricas, ahora hay que poner computadoras, de otra manera corremos el riesgo de perder el oficio; pero para eso se necesita inversión, mayor seguridad y mejores instalaciones eléctricas”.
Mientras tanto, don Miguel llega como todos los días, de lunes a sábado, a las 10 y media de la mañana, a instalar su escritorio. Durante el día plasma en papel las ideas, sentimientos y necesidades de unas cinco o seis personas; por ahí de las 6 de la tarde, llega la hora de guardar sus herramientas de trabajo.