Por ALONSO FLORES


el oficio de amanuense depende ahora del paso a la computadora.
A la sombra de los portales de la plaza de Santo Domingo, entre el sonido de las imprentas de tipos móviles y el tecleo de los 30 escribanos que allí trabajan, don Miguel Hernández Ordóñez ayuda a que la palabra escrita cumpla algunas de sus arcaicas funciones: hacer una petición, solventar un trámite, abrazar a los que están lejos o concluir una tarea escolar.
    Lo que él escribe puede llegar a manos de un funcionario de gobierno o de un amante adolorido.
“La palabra es lo que nos hace humanos, es la expresión de la inteligencia, es un instrumento poderoso para la comunicación y el entendimiento entre las personas”, dice el también representante de la Unión de Mecanógrafos y Tipógrafos del D. F., cuyos miembros tradicionalmente se ubican en el portal de Santo Domingo.

De toda la República
En los 45 años que lleva trabajando en los portales, en su escritorio de madera y con sus máquinas de escribir —pasó de las mecánicas, a las eléctricas—, ha hecho todo tipo de trabajos.
    “Servimos como intermediarios para la comunicación entre el pueblo y la autoridad. Si les responden, eso quiere decir que escribí bien yo. Ésa es mi calificación que me da la sociedad y por eso es que los clientes regresan”, asegura don Miguel.
    “La diversidad es enorme”, agrega. “La gente llega de los estados de la República porque se les olvidó algún escrito o documento para una gestión o un trámite, y se acuerdan de que estamos aquí porque algún día vinieron con sus padres o abuelos”.
    “También vienen turistas de todo el mundo, nos piden que les escribamos sus cartas y cuentan que aquí estamos los escribanos. Entonces”, bromea, “le ponemos: ‘No me olvides, amor mío, que yo ando aquí con otra, feliz. Regresaré pronto”.


“Servimos como
intermediarios para la comunicaciÓn entre el pueblo
y la autoridad”.

                       
Miguel HernÁndez                                                     Escribano


“Bueno y sano”
Poblano de nacimiento, estudió la primaria y luego mecanografía y taquigrafía en la Academia Arreola, de Tulancingo, Hidalgo. Escribir por otros ha sido su oficio desde 1965, cuando a sus 14 años llegó a la Ciudad de México.
    “Aquí había mucho trabajo. Los escribanos no se daban abasto y uno ganaba bastante bien”, dice, al recordar los tiempos en que cobraba a peso la cuartilla (ahora cuesta 10 pesos) y se iba a la función de media noche del cine Latino o del París, o se tomaba una cerveza con los amigos en las cantinas cercanas.
     Ahora ya no sale tanto de noche, pero disfruta de su entorno. Por las tardes se va a caminar y escucha alguna conferencia en El Colegio Nacional, “sólo por el gusto de estar un rato ahí”. También le gustan la Catedral, el Palacio Nacional y el edificio de la sep.
    El Centro Histórico “es el centro de toda la Nación, un lugar que no puede desvirtuarse, ni destruirse, sino al contrario, hay que recuperarlo para mostrarlo a los demás bueno y sano.
    También es necesario cambiar la situación social, ofrecer trabajo, mejores servicios, de otra manera sólo será escenografía”, señala con tono prudente.
    Actualmente, el portal y la Plaza de Santo Domingo se están remozando, y aunque las obras han alejado a la clientela, el escribano tiene esperanza. Éste es “un espacio vivo que es útil, que debe conservarse para todos. Un lugar que sirve a la gente, a la sociedad; si no, ya nos hubieran quitado”, dice convencido.

“No saben de trÁmites”
Heredero de quienes trabajaban con tinteros y plumas de ave en este mismo portal, y eran llamados evangelistas, don Miguel mira hacia el futuro.
    “Con las computadoras y el Internet todo se ha ido transformando. Desde hace unos cinco años ha bajado la actividad aquí. Pero si la gente va a un café Internet, sólo les dicen ‘haga lo que quiera en la máquina’, y muchas veces no saben usarlas; además, los que atienden no saben nada de trámites, ni de las necesidades de las personas”.
    “Nosotros seguimos teniendo trabajo porque aunque ya hay acceso a las computadoras, se ha descuidado mucho la cultura y escriben como pueden. No tienen las reglas, y por eso siguen requiriendo este apoyo”.
    “Así como pasamos de las máquinas mecánicas a las eléctricas, ahora hay que poner computadoras, de otra manera corremos el riesgo de perder el oficio; pero para eso se necesita inversión, mayor seguridad y mejores instalaciones eléctricas”.
    Mientras tanto, don Miguel llega como todos los días, de lunes a sábado, a las 10 y media de la mañana, a instalar su escritorio. Durante el día plasma en papel las ideas, sentimientos y necesidades de unas cinco o seis personas; por ahí de las 6 de la tarde, llega la hora de guardar sus herramientas de trabajo.

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