Por Regina Zamorano



Con cien aÑos de edad, Elvirita asegura que su secreto es "vivir tranquila y sin conflictos".
Casi 70 años de su larga vida los ha pasado en el Centro, al que conoce como la palma de su mano. La calle República de Paraguay, en La Lagunilla, la vio madurar, hacerse mayor, aprender a sus 62 años una nueva profesión y ejercerla por otros 25.
    Personaje del barrio —"yo era muy elegante, vestía muy bien; siempre iba perfumada y con maquillaje muy fino"—, todos la llaman, con afecto, Elvirita.
    Activa y curiosa, de joven le gustaba nadar y andar en bicicleta en el Zócalo, que "en ese entonces tenía jardines". No se casó, pero cuidó y educó a un sobrino como si fuera su propio hijo.
    Con su ánimo pacífico y su buen humor, Elvira Mena comparte su historia con Km.cero, en su vivienda del edificio San Jorge, en República de Chile 43.

Los mariachis cantaron
En el San Jorge, el pasado 16 de noviembre hubo mariachis. Fue el cumpleaños número 100 de Elvirita. Maquillada —"todavía me gusta arreglarme"—, da su receta de longevidad: "vivir tranquila y sin conflictos".
    Elvirita se quedó huérfana muy pequeña. Su abuela y luego su tía se hicieron cargo de ella. Vivían en Toluca, pero se mudaron a la capital en 1942, cuando ella tenía 32 años.
    Recién llegada, encontró en el número 4 de la calle de Paraguay un departamento nuevecito, que rentó por 80 pesos al mes; allí vivió hasta el año pasado.
    Su primer empleo fue en una de las tiendas de abarrotes 1-2-3 del Centro. En esa compañía trabajó de lunes a domingo, durante 30 años, hasta que se jubiló. Pero Elvirita tenía un as bajo la manga.

"Me gustaba dibujar"
Tres años antes de jubilarse, comenzó a estudiar por las noches en una escuela del inba, de la cual se graduó como Restauradora de Arte. "Desde niña me gustaba dibujar", acota. Así fue como inició otra carrera a los 62 años.
    Para promover sus servicios de restauradora, repartía volantes en las calles del Centro Histórico. Durante un cuarto de siglo reparó artesanías finas y antigüedades en su casa.
    Algunos de sus clientes eran los sacerdotes de las iglesias que frecuentaba. Le llevaban muñecas, niños dios y santos. Con material de dentista —acrílico en polvo— modelaba las piezas. En sus manos, la sustancia se transformaba en el delicado bracito de un Santo Niño de Atocha, o en el ala de un Espíritu Santo.
    Desgraciadamente, hace más de 10 años se enfermó de un ojo. Los doctores le prohibieron "forzar la vista", lo que significó para ella una segunda jubilación.

Por un pelito
Nacida en plena Revolución, Elvirita presenció hechos históricos. También estuvo cerca de ser una víctima.
    Un día de 1914, los carrancistas entraron a la casa donde vivía en Toluca. Buscaban hombres y dinero.
    "Me ordenaron detener un caballo. Uno de los hombres me apuntó con un rifle: 'Si lo dejas ir, te quebro, escuincla', me dijo. Yo tenía cuatro años", cuenta Elvirita. "No encontraron nada y se fueron, pero a mí me tuvieron que curar de espanto, porque ya no dormía ni comía".
    Su memoria pasa por los años veinte y la Guerra Cristera, cuando "perseguían a los padres y los mataban. Quemaban las figuras de los santos".
    Y en voz baja, como si fuera un secreto: "había un padre joven que se disfrazaba de mujer".
En 1968, justo el 2 de octubre, regresando del trabajo le tocó pasar frente a la plaza de las Tres Culturas. El camión, recuerda, "pasó volado para que no nos tocaran los balazos".

Una vida en Paraguay
La vida de Elvirita dio otro giro en junio de 2009, cuando los vecinos de su querido edificio de Paraguay fueron desalojados, para remodelar y vender el inmueble.
    Le dieron 20 días para desocupar el lugar que habitó durante casi setenta años. A sus 98 años, no quiso irse lejos de sus conocidos. "Muchos de mis amigos son muebleros de La Lagunilla".
    Ahora se le dificulta caminar, pero antes, al pasar por la calle, todo el mundo la saludaba. "Un día, el perro de un vendedor de periódicos me hizo fiestas, allá por la iglesia de Santa Catarina, y el dueño me dijo: 'Uy, Elvirita, en este barrio ¡hasta los perros la conocen!", cuenta divertida.
    Consiguió sitio en el San Jorge. Allí vive con Eufrosina, su cuidadora desde hace 15 años.
    Por una feliz coincidencia, el edificio es sede de la Fundación Centro de Promoción Gerontológica Centro Histórico, que brinda a personas de la tercera edad atención psicológica, servicio de comedor, recreación y actividades educativas.
    Allí se entretiene y divierte a sus compañeras del grupo: "Les cuento chistes, adivinanzas, cuentos. Les recito versos chiquitos y grandotes", dice riendo.
    Y como son tantas las vivencias de Elvirita, no extraña la frase con que la recibía el cura del templo de El Carmen: "pásale hijita, y platícame un siglo".

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