"Una de mis prioridades es lograr que en Garibaldi la mujer mariachi sea respetada"
Por Sandra Ortega



estamos invadiendo un territorio de hombres
Para Isabel Aguilar llevar bien puesto un traje de mariachi no es sólo cuestión de orgullo o glamour patrio, es símbolo de tenacidad y de pasión por su oficio."Desde que tengo uso de razón me ha gustado la música", dice sonriente.
    Antes, la institución del mariachi sólo aceptaba a la mujer como cantante. Isabel, mariachi desde los 18 años, está rompiendo el esquema —junto a otras mujeres—, pues canta, toca el violín, hace arreglos, además de ser fundadora y directora del Mariachi Femenil Sonidos de América, con el que inició hace año y medio.
    Torcer la tradición no es fácil. Isabel halló tanto el amor por la música como los primeros obstáculos, en un mismo lugar, su familia.
    "Mi papá es mariachi y mis hermanos también, aunque fue mi mamá la que me inculcó el gusto. Ella siempre oía discos de Lola Beltrán y de Lucha Villa. Él ensayaba en la casa, pero yo no me podía acercar, porque de plano me mandaba a lavar los platos".
    Al terminar la secundaria se alistó en Las Alazanas, un mariachi femenil. "Ellas tenían un maestro que les ponía las canciones, yo entré como oyente, cantaba, porque no tocaba ningún instrumento; ahí empecé con el violín".
    Con esa agrupación conoció Marruecos, Estados Unidos y la República Mexicana. Esa experiencia le enseñó que: "Es difícil sostener grupos de mujeres; alguna se casa, o tiene bebé, se salen y hay que contratar nuevas. Así pasó con Las Alazanas, cuando yo me acerqué eran diez y después de un tiempo, ¡éramos cuatro!".
    Por mejorar, estudió música formalmente. En diciembre pasado concluyó una carrera de seis años en la Escuela Superior de Composición y Arreglo.
    Durante ese periodo Isabel dejó Las Alazanas y formó parte de dos mariachis masculinos, Jalisciense y Juanacatlán. "Hubo cosas buenas, pero no acababa de sentirme a gusto; los mariachis son, digamos, muy vivarachos, algunos se ahorraban sus comentarios, pero otros no".
    "Antes de terminar la escuela pensé: 'ya puedo escribir música, ya puedo hacer arreglos, quiero hacer algo mío'". Formó el mariachi que ahora dirige y cuyo repertorio es de casi 700 canciones.
"Nos toca cantar de todo. Cuando podemos cambiar la letra, para cantarlas como mujeres, lo hacemos, pero también cantamos Mujeres divinas y Mi linda esposa.

Alto grado de dificultad
Un buen mariachi no sólo canta o toca un instrumento, sino que desarrolla muchas destrezas, explica Isabel.
    "Hay que aprender a ser alegre, incluso cuando estás triste. A memorizar, pues el mariachi no toca con partitura y siempre salen canciones nuevas. A veces no las hemos estudiado, pero si alguna se sabe la letra y las demás la hemos oído, pues no queda más que seguirla y tocar lo que el cliente está pidiendo.
    "Tampoco el sentimiento te lo enseña un maestro. El hecho de sentir profundamente una canción y transmitirlo, es la parte del arte que uno va sintiendo".
    Ahora, ser mujer mariachi tiene otras complicaciones.
    "Los hombres mexicanos son machos, pero los hombres mariachis mexicanos, son más machos", subraya Isabel.
    "Aquí en Garibaldi hay 500 mariachis hombres y no más de 10 mujeres. Estamos invadiendo un territorio de hombres. A mí me ha costado mucho, a veces hasta llorar y decir: '¿cómo puede ser que no nos acepten?'. Te califican desde cómo tocas, hasta cómo te comportas; si hablas con alguno, pues ya eres de lo peor. Musicalmente, nos achican. Dicen que no tenemos el peso para el arco del violín, ni la fuerza para tocar la vihuela, ni el sabor en el guitarrón, porque somos más débiles".
    Si en otros ámbitos las mujeres han ganado derechos, "aquí en Garibaldi, no es así. Nos dicen que las mujeres son de la casa, para lavar y planchar".
    "Algunos sí nos apoyan y nos dicen que somos las que mejor llevamos el traje. El público nos recibe muy bien, las mujeres casi siempre muy contentas. Muy raro alguna mujer que nos toque celosa".

La estricta
Los fines de semana, entre nueve de la noche y una de la mañana, Garibaldi es una romería, pero las integrantes de Voces de América se distinguen por sus faldas largas y moños rosa al cuello.
    "Trabajamos viernes, sábado y a veces domingo. Esperamos a los clientes, cantamos lo que nos piden o nos vamos a alguna boda o quince años. Para poder estar en la plaza tienes que estar en la Unión Mexicana de Mariachis y para entrar tienes que saber tocar y ser hijo de mariachi".
    "Ensayamos dos veces a la semana. La mayoría no sabe leer música, entonces yo les digo qué debe hacer cada instrumento. Somos ocho: trompeta, vihuela, guitarra, guitarrón y cuatro violines.     Hay de todo, la alegre, la que siempre llega tarde, la que nada le parece, la chistosa, la tímida.     Yo soy la estricta, llevo la disciplina".
    "Nuestro traje es una falda larga con botonadura, un chaleco y una chaqueta también con botonadura, camisa blanca, botas y moño rosa. Llevamos el pelo recogido, tocado con flores o listón, maquillaje, y las pestañas lo más largas que se pueda".
    "Es un traje tan fino, tan elegante, que tenemos que cuidar cómo lo portamos, llevarlo con gallardía, como un uniforme militar; y tiene sus reglas de cómo llevarse: la camisa fajada, el cuello bien abrochado, derechito, las botas limpias".
    Isabel no duda al hablar del futuro, "Quiero formar una familia y a veces me preocupa si mis hijos me van a entender".
    Aún así, los planes de Isabel van a ritmo de son y ranchera: componer, grabar un disco, viajar, consolidar al grupo.
    Incluso, torcer la tradición: "A lo mejor sueno muy feminista, pero una de mis prioridades es lograr que en Garibaldi, la mujer mariachi sea respetada".

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