Por Sandra Ortega


“DeberÍamos estar haciendo una reforestaciÓn mundial
urgente”
Una casa en la esquina de Allende y Perú se distingue de las demás. Matas de higuerilla y de cornetilla en flor crecen pegadas al alambrado que hace de barda. En la entrada hay un arco de punto elaborado con cadenas. Restos de bicicletas y triciclos alineados decoran la fachada.Para llamar, hay una campana.
    La atmósfera interior es de tonos ocres, hogareña y una pizca excéntrica. La estructura de la casa, la decoración y los objetos utilitarios se confunden entre sí, pues todo fue realizado por Jiménez con materiales de desecho, mayormente de madera, piedra, vidrio, hueso y fierros. Infinidad de cosas, de libros a piezas de arte-objeto, atestan ordenadamente anaqueles y vitrinas. Aún hay lugar para plantas y árboles.
    Al fondo del patio, en una bodega, hay un mundo de objetos, entre los que Jiménez se orienta por secciones: “patas de tina, lavaderos, llaves”.

En el reino del fierro viejo
Nacido hace 47 años, en el rumbo de Talismán, por el metro Martín Carrera, Jiménez se estableció hace 20 años en el Centro Histórico, en un terreno que fue de su padrastro, y que él heredó posteriormente.
    Desde entonces, y “por necesidad”, empezó a recoger por la noche basura y objetos, para venderlos de día en la banqueta de su domicilio. Esa actividad lo llevó a recorrer el ambiente del fierro viejo, de los ropavejeros, anticuarios de baratillo y “burreros”, gente que vive al día “con un trabajo honrado, decoroso, que están reciclando, en lugar de andar cortando cabezas”.
    Jiménez trabajó “con muchos de los viejos dinosaurios de La Lagunilla”. Allí pulió su “habilidad de echarle el ojo a piezas especiales”, pues aprendió diferentes “estilos, muchas modas, y entendí que hay que valorar el pasado para entender este presente”.
    Poco a poco, los artistas empezaron a acercarse a su banqueta. “Vi la necesidad de los artistas, tenían sed, siempre tienen sed, y no hay lugares donde abastecerse”. Jiménez asumió la tarea y llamó a su lugar El gran chatarral. “Ésa fue mi base para dedicarme al reciclado como forma de vida”.
    Al tiempo que se especializaba, se descubrió artista y ecologista. “Me convertí en uno de ellos, sin haber tocado jamás una obra de arte”.
    El arte, dice, es el mejor modo de aplicar “las tres erres: reducir, reutilizar, reciclar. Tenemos la obligación de hacer algo con toda esta basura que producimos”. Vino un periodo intenso de actividad creadora en el que, con su carreta de tracción animal “llena de arte”, participó en exposiciones en calidad de artista del reciclaje y activista medioambiental e incluso ganó premios.

Vivo de lo que ves
Con el tiempo, prevaleció el ímpetu de crecer “como humano entonado con la naturaleza”, dice. “Me olvidé ya de que soy un artista, porque eso es un ego. Me volví un reciclador (así, sin adjetivos). Y vivo del reciclado”. Eso significa, por ejemplo, una economía basada en el trueque, de la que apenas “sale para los frijoles”; las comidas corridas que vende su mujer complementan los ingresos de la pareja.
    Jiménez ya no hace los recorridos de antes, pues clientes y proveedores lo buscan en casa. “No tengo trabajo fijo, vivo de esto que ves”.
    Vivir de esta manera implica, además, restricciones. “No estás para saberlo, pero poco me baño yo. Porque no me gusta tirar 200 litros de agua. El que más ahorra, tira 200 litros de agua diarios. ¡No es posible!”. ¿Cómo resuelve eso?, se le pregunta. “Pues con un trapo. Te das un trapazo bien dado”.
    Significa también resistir presiones. Como la de un funcionario, que le dijo que su fachada discordaba con el entorno colonial. “Pues ya la regaste”, replicó él, “tengo rejas del 1800, tengo balcones del 1600 en la fachada”.
    “Están empeñados en que construya”, dice. “No voy a construir, mi modo de vida es éste. No me gustó el modo de vida de ustedes, yo vivo diferente. Vivo entre el reciclado, no en una casa limpia de gérmenes. A mí los gérmenes no me asustan. Solamente hay que saber tener tu aseo”.

Al caos
Para este hombre con cabellera y barba de asceta, el futuro inmediato es ominoso. “Vamos a una velocidad vertiginosa al caos, aunque suene a película de Steven Spielberg”.
    El cataclismo ambiental llegará “pronto” y “no es Dios, es el resultado de nuestros actos”, de las agresiones contra la naturaleza, desde las pruebas nucleares, hasta cada bolsa de plástico que desechamos irresponsablemente.
    Necesitaríamos, dice, un esfuerzo como el que se dio tras los sismos de 1985, cuando la gente olvidó sus diferencias de clase para ayudarse. “Deberíamos estar haciendo una reforestación mundial urgente, de punto rojo, para primero salvar esa capa de ozono”, algo que “solo los árboles pueden hacer”.
    Jiménez manifiesta constantemente una incurable aversión por la clase política. “Van a dejar el Centro limpio y bonito, eso lo entiendo, pero ¿y los valores?”.
    —¿Cuáles?
    —Reducir, reciclar y reutilizar. Los planes deberían ser más estudiados, más a fondo…
    Jiménez opina, por ejemplo, que los camiones recolectores de basura deberían llevar en su interior un molino de pet; si no lo llevan, es por falta de visión del gobierno.
    —Dado que nuestra necedad nos lleva al desastre, ¿cuál es su plan?
    —Esperar. Y seguir reciclando. ¿Qué más?

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