Por Patricia Ruvalcaba

"yo le digo a la gente: 'cuando vas a parÍs, en la maÑana vas al louvrey en la noche
vas al molino rojo, ¿o no?".
"Para conocer integralmente una ciudad, hay que caminarla, hay que conocer su patrimonio cultural y demás, pero también saber sobre su bohemia”.
Bajo esa creencia, el etno historiador Armando Ruiz Aguilar conduce 18 recorridos temáticos por el Centro Histórico en un tono “ni tan solemne ni tan cotorro”.

"EL DEL HIELO"
Aunque no residente, Ruiz se considera “avecindado” del Centro. De niño, “un sábado sí y otro no”, visitaba a su abuelos paternos, quienes vivían en Izazaga. “Debajo de su departamento era el centro nocturno Esmirna, y por un agujero que hicimos en el piso veíamos a los bailarines.
“Convivíamos con los vecinos, íbamos por el combustible (paquete de aserrín) para el calentador del agua. ‘El señor del hielo’ dejaba con unas pinzas un bloque, le ponían una jerga debajo y encima colocaban la leche y las cosas que se descomponían: ése era el refrigerador”.
En la adolescencia, se aficionó a las cantinas —“La Peña, El Chicote, La Faena”— y los cabarets. “Íbamos de lo sacro a lo profano. En las mañanas, a las iglesias, con actitud devocional, pero en la noche había mucha vida nocturna”. Como profesionista hizo amistad con libreros y con colegas que frecuentan la zona.
Con ese conjunto de vivencias adereza sus relatos históricos.

"DOS VIEJOS LOBOS DE MAR"
Chispeante y ligero, Ruiz relata cómo se fundieron su gusto por la Historia y su afición cantinera.
Egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, fue catalogador de archivos históricos en el inah, la Basílica de Guadalupe y el Archivo General de la Nación, lo que le permitió documentarse sobre varios temas.
Hace cinco años, él y su amigo Raúl Martínez decidieron, “como una vacilada”, incursionar en los paseos temáticos. Idearon unos recorridos por el Centro con paradas en cantinas, y adoptaron el nombre de “Dos viejos lobos de bar”. Arrancaron con apoyo del diario La Jornada, pero pronto Ruiz quedó solo.
“Paralelamente, el inah empezaba a promocionar unos recorridos de pulque, cerveza y tequila. Su expositor ya no pudo ir y me invitaron a mí”.
Ruiz ajustó el paseo, redujo de seis a tres las paradas para beber, diseñó otras variantes y les dio el nombre genérico de “Baco y Clío por la ruta de…”, en referencia a Baco, dios romano del vino, y a Clío, musa de la Historia.

REFERENTES MÚLTIPLES
“Yo utilizo las cantinas como sitios pedagógicos para descansar de la caminata, y sin ser ni tan solemne ni tan cotorro, (explicar) que la bohemia y el patrimonio son parte de la cotidianidad”.
Con copias de documentos e imágenes de escultura, pintura y arquitectura, Ruiz aprovecha esos recesos para mostrar a sus interlocutores —“no soy cronista, sino un difusor”— otros aspectos del tema en estudio.
Los paseos se volvieron “una especie de marca interna del inah”. El también compilador del libro Hombres ignorantes que hacemos la guerra. Correspondencia entre los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata (Conaculta, 2010) ha desarrollado 18 rutas por el Centro. Entre ellas, las de Villa y Zapata, de hospitales, guadalupana, arqueología del placer —antiguos antros y teatros—, símbolos masónicos, barrio de Cuecopan, la Inquisición, la música y librerías de viejo.
Con ropa informal —“la gentes está más a gusto cuando el expositor no es atemorizante”— Ruiz conduce cuatro paseos a la semana, dos para el inah y dos por su cuenta, algunos por otros rumbos de la Ciudad.
Pero el Centro es sin duda la zona más propicia. Por un lado, su riqueza cultural permite evocar referentes musicales, históricos, literarios, etc.; por otro, las cantinas están cerca entre sí.
A algunos paseos acuden familias que quieren pasar un rato agradable. Los más populares son una velada nocturna de viernes —a las siete, muy buscada por gente que así “calienta motores” para irse “de pachanga”— y el de la masonería.
“¿A poco?”
“Mi público mayoritariamente es mujeres de 45 años o más. Los hombres que van es porque es el novio, pretenso, amigo o primo”.
A ellas les interesa la historia y “llegan con muchas ganas de ver y divertirse. Son señoras que en sus años mozos estaban muy controladas por los papás, por los novios, y era muy mal visto que fueran solas a las cantinas (a las mujeres se les permitió entrar a las cantinas a partir de 1982)”.
A Ruiz, de 56 años, los paseos se le volvieron una fuente de ingresos y una vía para derrotar a la timidez —“soy una rata de archivo, hablar en público no era mi fuerte”. Pero sobre todo, un modo de fomentar actitudes positivas. “Promuevo la bohemia y la cirrosis”, dice en broma.
Y ya en serio: “Promuevo la tortícolis cultural. Los incito a que miren hacia arriba, hacia el primer piso de los edificios, las portadas de los templos, los anuncios curiosos. Que conozcan su ciudad; que sepan que el Centro es más que Madero y 5 de Mayo. Que tomen fotos y al mostrarlas a sus amigos, nos refuercen esa idea. Que hagan ejercicio. Los paseos en camioncito están bien, pero para conocer una ciudad hay que caminarla”.
“Es satisfactorio cuando me dicen: ‘Yo no sabía que aquí vivía La Corregidora’ o ‘Había pasado por aquí mil veces y no sabía…”.
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