
“Cuando tengo planes, o
estoy elucubrando algo, o quiero descansar, o tengo algo que festejar, quién sabe cómo, pero siempre termino dando vueltas en el Zócalo”, dice el jazzista Héctor Infanzón, sobre una conducta suya que lejos de ser maníaca, tiene un aura ritual: “es como regresar al lugar de origen, pisar la tierra (natal) otra vez, y seguir”.
Nacido en Regina 7, criado en San Juan de Letrán 41, amamantado musicalmente en el Centro Histórico por tres nodrizas —su familia, en un “cálido” departamento del legendario edificio Súper Leche; la Escuela Superior de Música, en República de Cuba 92; así como El Bombay y otros antros cumbiancheros—, suena lógica la tremenda atracción que ejercen sobre Infanzón el Zócalo y sus alrededores, donde no es raro verlo paseando de madrugada.
En charla con Km.cero, Infanzón cuenta cómo se formó “emotiva y musicalmente” y por qué su nuevo disco, Citadino, está empapado de nostalgia por el Centro Histórico de su niñez.
“JugÁbamos a la mÚsica”
Fecunda, divertida, tumultuosa y sobre todo musical, la infancia de Infanzón transcurrió junto a un padre con un acusado sentido musical, además de “gran fotógrafo, dibujante y conversador”, una madre “melómana” y varios tíos y tías, músicos también.
“No me iba a salvar de ser músico”, dice Infanzón, divertido.
“Mi papá siempre tuvo instrumentos en la casa. Él toca el tres, un instrumento cubano, y la guitarra, y luego había violín, vibráfono, batería, acordeón, flautas, de todo”.
Carlos Infanzón tenía una manera “muy creativa” de divertir a sus siete hijos. “Jugaba a la música. Con eso se divertía, y nosotros también. Él tocaba los instrumentos y nos daba uno a nosotros, o lo escuchábamos, jugábamos alrededor y lo veíamos tocando y nos gustaba mucho y bailábamos y cantábamos”.
Mozart de dÍa, cumbias de noche
Esas escenas tenían lugar en un departamento del Súper Leche —que sucumbiría al temblor de 1985—, mientras las campanadas de la Torre Latinoamericana le marcaban el paso a la vida. Entre los elementos sonoros de su infancia, Infanzón le tiene cariño especial a la melodía de las seis de la tarde —y se felicita de que, después de años de mudez, las campanadas de la Torre han sido restablecidas. Eso, y el bullicio de la calle, un caldo de voces humanas, pregones, tráfico y silbatos de “tamarindos” y música que sostenían el ambiente en banquetas o cantinas, cabarets o salones de baile.
“Lugar que yo piso, tiene remembranzas infantiles”, dice, melancólico.
Así, a mediados de los años 70, “fue natural” que Infanzón estudiara piano primero, en la Superior de Música; también estudiaría armonía y contrapunto.
Por la misma época, a los 17 años, pisó por primera vez un cabaret, El Imperio. “Yo me quedaba viendo a los grupos, ‘¡guau, qué onda!’, y también a las chavas bailando”, recuerda.
“Muchos años me la pase así…, en la mañana estudiaba Bach y Mozart, y en la noche iba a tocar cumbias. ¡Era padrísimo!, era una parte formativa musical, porque esas cosas no te las enseñaban en la escuela, y a mí siempre me gustó la música afrocaribeña. La oía en los discos, pero ¿dónde tocarla? Qué mejor que en los cabarets, y El Bombay fue uno de éstos”.
De un tintineo a otro
En 1982, Infanzón ganó un concurso de interpretación al piano, lo que le significó presentarse como solista con la Orquesta de Cámara de Bellas Artes y luego una beca para estudiar en el Berklee College of Music de Boston, Massachussets. Volvió convertido al jazz, forma musical en la que ha hecho una carrera fructífera como compositor e intérprete, y que lo ha llevado a festivales nacionales e internacionales, así como a grabar tres discos. Y entonces, vino un momento de recapitulación: “Tenía que hacerle un homenaje al Centro Histórico”, pues allí es donde, dice, “he forjado todos mis sueños”.
Citadino narra un día en la vida de Infanzón, desde el tintineo mañanero de las llaves al abrir la puerta, hasta el tintineo nocturno del retorno. El recorrido por el Centro se resuelve en ocho “escenas” y seis temas principales. La melodía de la Torre Latinoamericana sirve para empezar y terminar el día, pero otros elementos del fondo sonoro del Centro —el silbido del camotero, claxonazos, organilleros, etc.—entran y salen, aderezan, guían, protagonizan las piezas. En Cumbia bara bara, una de las más explícitas, Infanzón aparta el pregón de dos vendedores ambulantes y los acompaña con el piano.
Para el músico, si bien los vendedores callejeros son parte de una tradición que se remonta a tiempos prehispánicos, y los pregones de los ambulantes componían “una sinfonía” que ahora “ya no está”, también admite que el comercio informal “se había salido de control”.
Entre evocaciones de danzón, cumbia o huapango, siempre bajo el mandato del jazz, Citadino es no uno, sino un cúmulo de homenajes. Por ejemplo, a los lugares amados “que ya fueron”, como el salón de baile El Nader, y a los que “resisten”, como el Salón Corona. Otro grupo celebrado en el disco es el de Los colegas (escena 7), es decir, “el de la trompeta, los niños del acordeón, los huapangueros, las señoras con maraquitas, las que hacen dueto…”. De ahí que Infanzón haya acogido con gusto la genial idea del fotógrafo Eloy Valtierra —presente en la charla—, de tomar por un momento el lugar de un organillero.
“¡Nunca lo había hecho!”, dijo el jazzista, ruborizado y feliz.
Como los collages fotográficos del padre de Infanzón, como todo viaje al pasado, como la complicada urdimbre sonora del Centro, donde se transparentan muchos tiempos a un tiempo, Citadino es a veces alegre a veces triste, colorido o sepia, siempre con esa inestable densidad de la memoria.