Han pasado trece años desde la primera vez que la señora Sofía Olayo boleó unos zapatos. Le gusta su oficio y disfruta trabajar en uno de los puntos más transitados del Centro Histórico: la Plaza del Seminario, en el vértice que forman Palacio Nacional, el Templo Mayor y la Catedral Metropolitana. “Cuando estoy en mi casa extraño el Centro, hasta sueño con él. Ahora en vacaciones me quedé en mi casa tres semanas, con mis nietos, y no vine, pero me soñaba aquí, que veía la Catedral y estaba trabajando. Les digo a mis hijos que si yo ya no vengo al Centro me voy a poner muy triste y me va a dar la depresión. Siempre quiero regresar aquí”, dice.
Cada día la señora Sofía Olayo renueva el gusto que sintió la primera vez que se sentó en un banco de madera a lustrar zapatos.
“Yo vendía ropa a la salida del metro Pino Suárez, pero con trabajos, porque estaban las camionetas que nos levantaban a quienes no teníamos permiso”, cuenta. “Al lado mío estaba un señor que boleaba y a mí me gustaba verlo... Entonces, cuando él se iba a comer y le llegaban clientes, me pedían que yo les boleara los zapatos, y de esa manera empecé”.
Fue ese señor, don José, quien la acompañó a la Unión de Aseadores de Calzado para que solicitara su silla: “yo la llevo, me decía, usted la compra y saca su permiso para que pueda bolear”. Así consiguió su espacio en la Plaza del Seminario. “Al principio me daba un poco de miedo de que no me quedaran bien boleados los zapatos, pero sabía que lo importante era echarle muchas ganas”.
Y se mantiene en lo dicho. A sus 52 años, todas las mañanas viene desde Ecatepec y, a las ocho, ya recogió su carrito de una vecindad donde lo guarda, en la calle Licenciado Primo Verdad.
“Lo que sí cansa son las botas militares, porque ademÁs de que son muy grandes, la piel es muy seca y hay que darles mucho brillo”.
sofÍa olayo
“Traigo todos los colores”
“Tengo color miel, azul, café, vino y negro, que son los más tradicionales”. Si se requiere uno distinto, hace mezclas. “Para el verde preparo tantita tinta miel y tantita tinta azul y queda verde, con eso y su brillo ya quedan; para el rojo aclaro el vino, y luego para dar las tonalidades al café y hacerlo más oscuro utilizo unas gotitas de tinta negra”.
Así como las tintas, compradas en Corregidora por estar cerca, o en Tepito por ser más baratas, también carga “cepillos y banditas de todas, para cualquier color de zapato... porque si usted trae zapatos cafés y yo le meto un cepillo para zapato negro, se manchan”. Su técnica es “la boleada natural. Les pongo su tinta, su grasa y su crema y tantita gasolina blanca para el brillo. No me gusta usar unos líquidos que parten la piel”.
La boleada es democrÁtica
Con la serenidad que da la experiencia, Olayo dice que no importa quién sea el dueño de los zapatos, ella siempre hace su mejor trabajo. “Me ha tocado darle bola a Diego Fernández de Ceballos, y al Peje, Andrés Manuel (López Obrador), aunque para mí es lo mismo”.
A veces resucita pares desahuciados: “me dicen que le dé la última boleada a sus zapatos porque ya los van a tirar, pero finalmente regresan”. Lo que sí cansa son las botas militares, “porque además de que son muy grandes, la piel es muy seca y hay que darles mucho brillo”.
Pero “la crisis y la moda de los tenis” le han quitado clientes. Antes boleaba al día entre 20 y 25 pares; ahora, sólo la mitad, a doce pesos el par. “Cuando nos baja mucho es en temporada de aguas, porque si llueve o hay chipi chipi eso no nos deja trabajar... Buenos tiempos, los días de fiestas, Navidad o Día de las Madres”.
Boleras
Bajita de estatura, de tez morena, cabello negro y movimientos serenos, durante mucho tiempo fue la única mujer bolera en esta zona. “Ya hay otra del otro lado de Catedral, pero tiene poco”. Actualmente, dice, “aproximadamente 200 mujeres están afiliadas a la Unión y trabajan en el D. F. y en el Estado de México”.
“Mis compañeros siempre me trataron bien, aquí no hay envidias, todos venimos a trabajar...”. Con orgullo reconoce la singularidad de su oficio: “me han entrevistado por el Día de las Madres, y el Día Internacional de la Mujer. Además mi historia apareció en un libro de una socióloga alemana que conocí aquí, porque se venía a bolear sus zapatos”.
A la boleada debe el haber sacado adelante a sus cuatro hijos, “lo más importante para mí en la vida, además de mi esposo”.
El sueÑo de
trabajar en el Centro
“Son mis hijos quienes me dicen que ya no venga a trabajar, porque he estado un poco enferma y se me puede subir la presión, pero estoy en mi casa y extraño el centro, hasta sueño con él. Porque aquí ve uno muchas cosas, gente de otros lugares y cosas muy bonitas, como cuando voy a la Alameda, que es el lugar que más me gusta para descansar, debajo de los árboles, en el fresco... o la impresión de las manifestaciones, como las de López Obrador... o los eventos que me han gustado, como los conciertos de los Tigres del Norte y la Banda el Recodo”.
“Por eso yo no quisiera cambiar de oficio. Mi esposo también quiere que deje de trabajar, pero yo lo hago porque tengo mucho cariño por mi trabajo y el lugar en donde lo hago, siempre quiero estar aquí. Convivo con tantas personas que luego hasta parezco módulo de información”. Sin embargo, “mi doctora me dijo que para mejorar la circulación tendré que dejarlo”, dice con cierta tristeza.