“E xcéntrico”, se autodefine Gamaliel Islas, más conocido como El Gama en el medio del diseño de vestuario para comerciales de televisión y para espectáculos.
Es fácil estar de acuerdo con él. El color morado de algunos mechones de su cabello hace juego con sus botas vaqueras, una de las cuales —la derecha— lleva borlas. Sus pantalones con estampado escocés son generosamente bombachos en las caderas, ajustados en las piernas y abundan en bieses, bolsillos y cierres. La camisola blanca, holgada, y el fajín rojo que le da varias vueltas en la cintura, completan una estampa como de espadachín.
Es un atuendo de casa, aclara. “Cuando salgo, me produzco (adorno) más”, dice con voz sedosa, y luego suelta una discreta carcajada.
Hace cinco años, el diseñador, de 37 años, hizo nido en el Centro. “Aquí tengo todo”, dice. Y es que si las mercerías, las tiendas de telas y las de ropa lo proveen de materia prima para su trabajo, el Templo Mayor —a unos pasos de su casa— lo inspira para cocinar desde pozole de guajolote hasta chiles en nogada, “pero de los chiquitos”.
En charla con Km.cero, Islas comparte su experiencia en el frenético mundo de la producción televisiva, sus aficiones y cómo cura a sus clientes de ciertos prejuicios acerca del Centro.
“Hago venir al Centro a mucha gente del medio del espectÁculo, del cine, de la televisiÓn”.
“Haciendo garras”
Se mueve por la casa con suavidad y elegancia. En la sala, cuyos balcones dan al edificio de la antigua Escuela de Medicina, elige una hamaca para sentarse a conversar. En su regazo se acurruca su gata Sarampaguila, mientras que Tundra, una galgo de ojos pacíficos, merodea por ahí. Tiene además a una impetuosa cachorra dobermann llamada Balam.
Oriundo de la Ciudad de México, Islas pasó parte de su infancia en Texas. De regreso a México cursó la secundaria y, después, en una escuela del inba, estudió diseño de muebles y objetos, razón por la que tenía una máquina de coser.
“Un día una amiga me habló —ella hacía vestuario—, que necesitaba que le hiciera unos pantalones, y se los hice en siete horas. Y ya de ahí entré. Primero de costurera (risas). Nunca me imaginé que iba a acabar haciendo garras...”.
Con el tiempo, y de manera autodidacta, fue acumulando sus propios encargos hasta hacerse de un estilo propio y un nombre.
Doce años después de aquella llamada telefónica, entre las figuras a quienes ha “vestido” se hallan Shakira, Penélope Cruz, Ana Guevara, Ana de la Reguera o los miembros de Timbiriche, así como cientos de modelos y extras. “También políticos. Para cosas de disfraces, para fiestas, etcétera (risas). Hasta vestí animales en peligro de extinción como búhos, pumas y osos, para un comercial de Jeep”.
“Coso, lavo y plancho ajeno y sobre pedido”, es su eslogan.
AsÍ es el amor al arte
Es difícil imaginarse las sesiones matadoras de trabajo que caracterizan a la ocupación del diseñador: “A veces nos dan dos días para producir todo un vestuario”. En esos casos, equipos de hasta 10 personas se encierran a cortar, armar y detallar. “A veces faltan dos horas para el llamado y me pongo a coser, con todos”.
En la sección de talleres de la casa hay rastros de esas jornadas de adrenalina al tope. Allí se apilan los textiles organizados por colores, se disponen los hilos, los maniquíes de sastre, las máquinas de coser. Incontables prendas de todo tipo, que Islas diseñó, descansan en colgaderos, mientras que zapatos y accesorios se guardan en entrepaños y cajas.
Los comerciales para televisión y los espectáculos son los dos carriles por los que transita el diseñador. Autor del vestuario para Circo Barroco —montaje de la Compañía de Danza Aérea Anima Inc.— y para las producciones del centro nocturno Amapola, disfruta más este carril, pero es donde hay menos presupuesto. “A veces acabo poniendo lana. Ya sabes, así es el amor al arte”.
“NomÁs hay pulque”
De la casa del diseñador, en los altos de un edificio de tres plantas en la calle de González Obregón, entre Argentina y Brasil, admiran la quietud, resguardada por gruesos muros del siglo xvii, los balcones que miran al hermoso tablero de canteras y tezontles de González Obregón, la azotea con su paisaje de cúpulas, cimborrios y agujas.
“Siempre quise vivir en el Centro”, dice Islas, mientras acaricia a su gata. Sus abuelos eran de ahí y, además de haber pasado muchas horas infantiles en la zona, cuando viró al diseño, éste se volvió su sitio predilecto de compra y búsqueda. Al crecer como empresario, requirió más espacio y en el Centro halló lo que buscaba.
Ahora todo le queda a pie. Desde las tiendas hasta el mercado de La Merced, donde se surte de ingredientes para sus platos prehispánicos, desde el bar El Marrakech, a donde va a divertirse, hasta algunas pulquerías —la bebida sagrada le resulta refrescante y sofisticada.
A Islas le divierte confesar que obliga a gente del medio del cine, la tele y los comerciales a venir al Centro. “Tienen miedo. Pero como aquí se hacen las pruebas de vestuario, pues tienen que venir”. (Aunque ha tenido un par de incidentes, considera que el Centro es seguro y que los temores son infundados). Y cuando organiza fiestas, los obliga a beber pulque. “A algunos no les gusta, pero no pongo otra cosa. ‘Nomás hay pulque’, les digo”.
Son pocas las quejas del diseñador respecto al Centro. “Yo seguido cargo maletas grandes y a veces, por las marchas, no me dejan pasar, a veces no puedo llegar a mi casa. Ya me adapté, pero por favor ¡no más marchas!”.
Como sea, en los siguientes cinco años Islas se ve así mismo como vecino del Centro.
¿Te diviertes, no?, se le pregunta.
“No me quejo”.