“No temerás el terror de la noche, ni la saeta que de día vuela, ni la peste que avanza en las tinieblas”.
                                                                         Salmo 91

Por elena enríquez fuentes

La historia de la Ciudad de México ha sido y es una épica permanente. A lo largo de sus más de cinco centenas de vida las batallas contra las enfermedades han sido uno de los mayores desafíos que ha enfrentado.
    Desde la época prehispánica la población padeció el azote de enfermedades de contagio masivo. Entre 1446 y 1454 México-Tenochtitlan vio morir a más de la tercera parte de su población debido a una suma de desgracias: una gran inundación (1446); escasez de alimentos que produjo hambrunas y enfermedades (1448); heladas extemporáneas (1450 y 1454), así como enfermedades causadas por la contaminación de las aguas. Esto, de acuerdo con cronistas e historiadores como Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin y Mariano Fernández de Echeverría y Veytia.
    En esos años, los gobernantes de la Triple Alianza, los señores Moctezuma Ilhuicamina (México-Tenochtitlan), Netzahualcóyotl (Texcoco) y Totoquihuatzin (Tlacopan) dejaron de levantar tributos y abrieron los graneros en donde guardaban lo recaudado en años anteriores, para repartir maíz y frijol entre los pobres.

“AsÍ quedamos huÉrfanos”
Las epidemias de mayores dimensiones, cuyo impacto alcanzó proporciones no igualadas hasta la fecha, se desataron en el siglo xvi, durante y después de la guerra de la conquista; se sucedían con tal celeridad que transcurrían no más de 10 años entre una y otra.
Las más dañinas fueron las de viruela, entre 1510 y 1520 (el emperador Moctezuma Ilhuicamina murió víctima de ella), el sarampión en 1545 y la peste de 1546. En esta última morían más de cien personas diariamente. En menos de treinta años murieron nueve de cada diez indígenas.
    La caída definitiva de México-Tenochtitlan, en 1521, tuvo como una de sus principales causas las sucesivas epidemias que los mexica no sabían cómo combatir. En El reverso de la Conquista, Miguel León Portilla da cuenta de la memoria azteca sobre aquellos acontecimientos:
    “Grande era el hedor de los muertos. Después que nuestros padres y abuelos sucumbieron, la mitad de la gente huyó a los campos. Perros y buitres devoraban los cadáveres. La mortandad fue terrible. Vuestros abuelos murieron y con ellos los hijos de reyes y sus hermanos y los hombres de reyes. Así quedamos huérfanos…”.
    Después de la Conquista, las autoridades españolas carecían de infraestructura suficiente para atender al creciente número de enfermos. Sólo existía el Hospital de Jesús de Nazareno, edificado en 1524, que aceptaba únicamente a españoles.
    Se improvisaron lugares para atender a los indígenas, pero los cuidados que recibían eran casi nulos; en opinión de evangelizadores como Motolinía, los españoles estaban más preocupados por la posibilidad de quedarse sin mano de obra para levantar la nueva ciudad, que por combatir las enfermedades.
    El historiador Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés expresó en su correspondencia (1526-1532):
“Muchos indios por su pasatiempo se matan con veneno para no trabajar, y otros se ahorcan con sus propias manos, y además se contagian con tantas enfermedades, especialmente de ciertas viruelas pestilentes que existen en toda la isla, que en poco tiempo se acabarán todos los indios”.

SeÑales y presagios
Las epidemias fueron consideradas un presagio funesto por los mexicas, mientras que para los españoles eran la forma como Dios desataba su cólera sobre los pecadores, para obligar a los hombres a recapacitar.
    Esas ideas, la escasez de servicios médicos y la falta de medidas sanitarias —no había drenajes, los desperdicios y aguas residuales se descargaban en las acequias, y muchas calles no tenían pavimento— contribuyeron a que durante la Colonia las epidemias no pudieran detenerse. Las enfermedades más contagiosas fueron la viruela, el sarampión y el tifus.

Enfermedad y silencio
Entre 1691 y 1698 la capital de la Nueva España sufrió nuevamente heladas e inundaciones, hambre y motines.
    Los pocos hospitales que había contaban con un máximo de 20 camas y se llenaban rápidamente de enfermos; muchos cadáveres eran abandonados en las calles, arrojados a las acequias o a los atrios de los templos, mientras el pueblo se encerraba presa del pánico.
Fue tal la intensidad de las epidemias, que ni el aislamiento impedía la transmisión. Hubo enfermos incluso en claustros y conventos. Sor Juana Inés de la Cruz, en el monasterio de San Jerónimo, se contagió de lo que parece haber sido tifo, al auxiliar a sus hermanas infectadas.
    En esa época se acostumbraba tocar las campanas de las iglesias para comunicar la muerte de personajes relevantes de la sociedad, pero llegaron a ser tantos los decesos que el tañer no paraba, así que se decidió anular esa práctica. En silencio, la ciudad se volvió aún más lúgubre.
     En 1735 apareció la epidemia llamada matlalzahuatl, una variedad de tifo que afectó, debido a los intensos intercambios comerciales, a toda la Nueva España. Murieron más de dos millones de personas, 40 mil en la Ciudad de México. El Señor de la Salud recorría las calles de la capital en procesiones y los remedios sobrenaturales se practicaban cotidianamente, pero no se tomaban medidas sanitarias para combatir el mal.

Las primeras vacunas
El primer intento serio por contener las pandemias lo realizó el doctor Francisco Javier Balmis en 1803. Intentó erradicar la viruela en las colonias españolas por medio de la inoculación, pero la población se negaba a inmunizarse.
    Para apoyar al doctor Balmis, el virrey Iturrigaray invitó oficialmente a los señores de la Real Audiencia y del Cabildo y a toda la nobleza, para que presenciaran cómo el profesor Juan Arboleya inoculaba a su hijo, y mostrarles los beneficios del “antídoto” contra la viruela. Efectivamente, el vástago no enfermó de viruela y se dispuso que los hospitales aplicaran la vacuna a quien lo pidiera. No obstante, las enfermedades no pararon. El cólera morbus y el tifus se recrudecieron durante 1847 y 1848, mientras se combatía la invasión estadounidense. En 1858 hubo otra epidemia de sarampión en la Ciudad de México, seguida, en 1862, de una de fiebre amarilla que, además de diezmar a la población de la convulsa capital, causó muchas bajas entre las tropas de los invasores franceses.
    Durante la Colonia las creencias religiosas y los problemas sociales a los cuales se sumó, en el siglo xix, la inestabilidad política, impidieron tener una política de salud pública para proteger a la población. Fue hasta el siglo xx cuando el tratamiento de las epidemias se basó en nuevos conocimientos y planes de salud. Aún así, la ciudad padeció, entre otras, epidemias de polio, cólera y paludismo.
    Hoy el peligro sigue latente, pero como hemos constatado recientemente con el brote de influenza AH1N1, contamos con muchos más recursos e información para enfrentar los retos presentes y futuros.

 

 

Bibliografía: Danel Janet, Fernando y Ortiz Quesada, Federico (coords.), Patología de la Ciudad de México, Pórtico de la Ciudad de México, 1991; Olstone, Michael B. A., Virus, pestes e historia, fce, 2002; Rubial García, Antonio (coord.), Historia de la vida cotidiana en México, t. II, fce, 2004; Florescano, Enrique y Malvido, Elsa, Ensayos sobre historia de las epidemias en México, t. i y ii, imss, 1982; Benítez, Fernando, La ciudad de México, Salvat, 1984.

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