Los edificios de la etapa nacionalista no sólo son imponentes. Fueron piezas discursivas de un proyecto que buscaba expresar la identidad mexicana surgida de la Revolución. En el Centro hay ejemplos emblemáticos, de reconocidos arquitectos.
POR patricia ruvalcaba

edificio la nacional, primer rascacielos de concreto (1932).
Entre 1910 y 1940, la sociedad mexicana halló alivio al escozor que venía provocándole, desde el siglo xix, la falta de una identidad patria. El movimiento nacionalista abarcó la plástica, la música y la escritura, la creación de instituciones y de ambiciosos programas sociales.
    La arquitectura también tuvo un papel decisivo en ese proceso, en el que el eclecticismo afrancesado y el neo indigenismo —las fórmulas del Porfiriato para aquella dolencia— fueron reemplazadas por un lenguaje estético mezcla de art déco y funcionalismo con sello de "hecho en México".
    "Es un lenguaje nuevo, que ya no es lo indígena ni lo español, sino lo mexicano", explica en entrevista el director de Desarrollo Inmobiliario del Fideicomiso Centro Histórico de la Ciudad de México (fch). "Tiene dos piernas, pero un cuerpo, es una arquitectura que quiere ser auténticamente mexicana".

Un estilo para la transiciÓn
En la capital, el movimiento armado de 1910 interrumpió la actividad constructiva, lo que dejó inconclusos proyectos como el Teatro Nacional —ahora Palacio de Bellas Artes— y el Palacio del Congreso —Monumento a la Revolución—; la actividad se reanudó conforme se ganaba estabilidad política y económica.
    El Estado surgido de la revuelta vio la necesidad de establecer instituciones y lenguajes que fomentaran la pacificación y la cohesión social necesarias para la reconstrucción.
    Durante el régimen de Venustiano Carranza (1914-1920) comenzó a configurarse el movimiento nacionalista, que en principio vio al estilo neocolonial como su opción, explica Enrique X. de Anda en Historia de la arquitectura mexicana.
    Un ejemplo es la ampliación que hizo Samuel Chávez de la Escuela Nacional Preparatoria (San Ildefonso) en 1907, al añadirle los salones, el patio y el auditorio que dan a Justo Sierra. Tiene mosaico de tezontle en la fachada, "enmarcamientos de ventanas, molduraciones de cantera y una portada (…) ornada con estípites, ménsulas y repisones", a la usanza barroca civil, describe De Anda.
    En la administración de Álvaro Obregón (1920-1924), José Vasconcelos, Ministro de Educación Pública, lanzó un ambicioso programa educativo y cultural que incluía una cruzada de alfabetización, la participación popular en la creación artística y la exaltación de la gesta revolucionaria en el arte.
    Vasconcelos también adoptó oficialmente el estilo neocolonial para la construcción, por ejemplo, de las escuelas públicas.
    Sin embargo, mientras que el muralismo logró consolidarse como el lenguaje plástico nacionalista, el estilo neocolonial decayó debido a su carácter historicista. Se hizo incompatible con las aspiraciones de modernidad que flotaban en el ambiente.


detalle del edificio guardiola (1928), de carlos obregÓn santacilia.
La nueva fÓrmula
Hacia 1925 dos nuevas corrientes empezaron a pujar por tomar ese papel. Por un lado, el art déco, cuya gestación se había iniciado en Europa en la primera posguerra.
    Fue una respuesta estética equivalente a una maniobra de reanimación. Sencilla, geométrica, fácil de comprender, sin elaboraciones teóricas, su difusión masiva se dio a partir de la Exposición de Artes Decorativas de París (1925), y coincidió con la del concreto armado, nueva técnica constructiva que permitía "moldear" edificios a capricho.
    La propuesta, exitosa en París y Nueva York, pronto fue asimilada por la clase media mexicana como símbolo de modernidad y progreso, al grito de "Rapidez, función y eliminación de objetos antiguos (lo aparatoso)", de acuerdo con el catálogo de la exposición Art déco. Un país nacionalista. Un México cosmopolita, presentada en el Munal en 1998.
    Las colonias Condesa, Polanco, Romero Rubio, Merced Balbuena y el parque Venustiano Carranza son producto de ese momento.
    En el Centro, uno de los inmuebles más emblemáticos del art déco es el del Museo de Arte Popular (map), de Vicente Mendiola y Guillermo Zárraga, construido en 1928 para ser estación de bomberos y policía.
    Las formas puras —"sinceras"—, la rectitud de los muros, los volúmenes asimétricos, abstractos, el geometrismo, la decoración exótica dosificada en paneles, cintas y cenefas, del art déco, son patentes en el edificio, ubicado en Revillagigedo e Independencia.
    Su silueta borbotea desde un torreón y luego se desploma. Ese patrón se repite en el edificio La Nacional, primer "rascacielos" de concreto armado (1932), de Manuel Ortiz Monasterio, Bernardo Calderón y Luis Ávila, en Av. Juárez y Eje Central. También en los departamentos Victoria (en Victoria y López), y en el Monumento a la Revolución (1938), de Obregón Santacilia, quien había desertado del estilo neocolonial.

obra funcionalista de juan o'gorman (1934), cerca de la ciudadela.
    Parte del sello mexicano del art déco fue la integración de elementos de la cultura prehispánica en tableros (evocación olmeca del map), esculturas ahogadas (Monumento a la Revolución) o accesorios como lámparas (águilas del edificio de Telmex, en Victoria 59).
    Otros ejemplos son las ex dependencias de la Tesorería General Palacio Nacional y el edificio de la ywca, en la esquina de Humboldt y Morelos.
    Los mármoles, el latón, el bronce y el vidrio fueron materiales muy socorridos para realizar la decoración.
El vestíbulo del Palacio de Bellas Artes (1932-1934), de Federico Mariscal, es la expresión más acabada de esa síntesis. Los mascarones estilizados del dios maya Chaac, remate de las franjas de luz que corren del primero al tercer nivel, son uno de los detalles más celebrados.
También hay viviendas obra de constructores populares que asimilaron muy bien el nuevo estilo.

Principios, en concreto
El país necesitaba construir de forma masiva —vivienda, escuelas, hospitales, edificios públicos, etcétera. Los dos grandes constructores del nacionalismo fueron el gobierno y los inversionistas privados.
    Como parte de su programa, el nuevo Estado fundó instituciones que reflejaran el nuevo orden. Entre ellas, el Banco de México (1925), un banco central que debía entre otras cosas acuñar monedas, ordenar el mercado y reanimar el crédito.
    Entre 1926 y 1928 fue remodelado por Obregón Santacilia, quien además diseñó el contiguo edificio Guardiola (1928), especie de anexo del Banco. Con una apariencia moderna, lisa y pesada, el Guardiola muestra toques art déco en sus lámparas. Ambos están en Eje Central, a un costado del Palacio de Bellas Artes.
    El conjunto Abelardo L. Rodríguez (1934), asimismo, constituyó una declaración de principios. El Estado dispensaba la esperada justicia social. Además de un mercado con 355 locales, el conjunto tenía una guardería para los hijos de locatarios y trabajadores, dispensarios médicos, escuela, biblioteca y un centro cívico con un teatro. El mercado, en Venezuela 72, fue decorado con una vasta obra mural de 11 artistas.
    Fue construido sobre los vestigios del convento de San Pedro y San Pablo. El arquitecto Antonio Muñoz respetó los elementos coloniales, y añadió detalles estilo belle époque, art nouveau y art déco, sobre todo en el teatro; el mercado es neoclásico.


remate con mascarÁn del dios maya chaac (1934).
palacio de bellas artes.
Sin decorados
Simultáneamente al auge del art déco, en la Escuela de Arquitectura, el profesor de teoría arquitectónica José Villagrán enseñaba un nuevo modo de concebir los espacios: el funcionalismo.
En el Centro, un excelente ejemplar funcionalista es la ex Escuela Técnica Industrial (1934, después Vocacional 2). Es de Juan O'Gorman, uno de los mejores exponentes de la corriente y alumno de Villagrán. Esbelto, sin decoración, el edificio sorprende por su vigencia, pues luce más joven.
    El discurso de O'Gorman era: "Mexico requiere de mucha construcción. Ni decoración ni adornos, vámonos a la sustancia, a ser muy racionales y hacer arquitectura que cumpla verdaderamente sus objetivos estructurales, que sea muy expresiva a través de formas muy elementales, y nada más", explica el funcionario del fch.
    El edificio, en la esquina de Tolsá y Tres Guerras, cerca de La Ciudadela, alberga la Comisión de Operación y Fomento de Actividades Académicas del ipn.
    No abunda el funcionalismo en el Centro, pero es cierto que esa corriente y el art déco conviven en varios edificios, como el Guardiola y La Nacional. Otro caso es la sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (1936), de Antonio Muñoz. Su adustez general contrasta con la puerta de tres toneladas, estilo art déco.
    Por su bien lograda factura, parece contemporáneo. "Es un edificio incomprendido", dice el entrevistado.

con una idea muy clara
en piedra y concreto

No se pierda la exposición Arquitectura
de la Revolución. Museo
Nacional de Arquitectura, Palacio
de Bellas Artes. A partir del 11 de
noviembre.
www.bellasartes.gob.mx

La síntesis lograda por los arquitectos mexicanos de la etapa nacionalista —amalgama del pasado prehispánico y el colonial con las tendencias internacionales—, es uno de sus razgos más llamativos, explica el funcionario del fch.
   Otro, es que tanto el gobierno como los particulares "entendieron que había que construir" y compartieron "una idea muy clara de cómo tenía que ser este nuevo país, y la gente lo asumió con mucha fuerza".


Fuentes: Enrique X. de Anda Alanis, Historia de la arquitectura mexicana, 2da. Ed., Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 2007, 275 p.; Concha Cue, et. al., "El centro histórico, cuna y gloria del art déco", en revista Centro. Guía para caminantes, Núm. 15, febrero de 2005, pp. 30-61; "El Déco en México: arte de coyuntura", en Art Déco. Un país nacionalista, un México cosmopolita. México, inba, 1998, p. 59.; Rodrigo Gutiérrez Viñuales, "La arquitectura neoprehispánica. Manifestación de identidad nacional y americana –1877/1921", en Arquitextos, oct. 2003, www.vitruvius.com.br/revistas/read/arquitextos/04.041/647, consultado el 22/10/2010.

 

historia     inicio