Por Carlos Viesca T. y Mariblanca Ramos de Viesca

A poco de consumada la conquista de Tenochtitlan, Hernán Cortés y los pocos españoles que con él habían venido emprendieron la tarea de dirigir la reconstrucción de la metrópoli mexica. Recuerda Bernal Díaz del Castillo en su Historia que para reconstruir la capital se contemplaba que en el reparto de los bienes obtenidos, un quinto se dedicaría a la construcción y mantenimiento de iglesias, conventos y hospitales y que también se exentaría del pago de impuestos a los indígenas que participasen en su construcción.
    La primera institución permanente fue la fundada por Cortés en agradecimiento por la protección divina que le permitiera el feliz término de su empresa bélica. Éste fue el Hospital de la Concepción de Nuestra Señora y Jesús Nazareno, destinado a la atención de los españoles enfermos y quedó al cuidado de un patronato reconocido por una bula papal desde 1526. Dispuso desde el siglo xvi de 70 a 80 camas, las cuales fueron reducidas a la mitad en 1770. El hospital continúa funcionando como tal, siendo sin lugar a dudas el más antiguo no sólo de México sino del continente Americano.
    La disposición de que no se admitieran en el Hospital de Jesús leprosos, enfermos del fuego de San Antón, sifilíticos, ni locos, condicionó la fundación de otras instituciones que les cuidaran. El primero fue un hospital para leprosos, también fundación de Cortés, que estuvo ubicado en la Tlaxpana. Fue destruido por Nuño de Guzmán en 1528 y sólo fue en 1571 que un gran filántropo, el doctor Pedro López, fundaría el nuevo hospital de San Lázaro en el sitio que ocupa actualmente la Cámara de Diputados. Los sifilíticos tuvieron su propio hospital gracias a fray Juan de Zumárraga, quien en 1541 donó para su atención el Hospital del Amor de Dios, el cual estaba en donde hoy se encuentra la Academia de San Carlos. Los locos fueron también objeto de cuidado al construirse en 1567 unos pequeños cuartos anexos a la ermita de San Hipólito. Su fundador, Bernardino Álvarez, no sólo contribuyó con su peculio y su trabajo manual a la obra, sino también estableció la orden de los hipólitos para su atención. Éste fue el primer hospital para enfermos mentales fundado en América. Un siglo después, en 1687, José Sáyago convertiría su casa en un asilo para mujeres dementes, el Hospital del Divino Salvador. Estaba en la entonces calle de la Canoa, hoy Donceles, frente al Teatro de la Ciudad.
    Los afectados del fuego de San Antón, nombre con el que se conocía el ergotismo, tuvieron su hospital en 1628, anexo a la ermita de San Antonio Abad. Contaba con ocho camas para hombres y cuatro para mujeres.
    La población indígena tuvo hospitales desde épocas tempranas. En la enfermería del Convento de San Francisco se les alimentaba y prestaba atención médica y en 1531 aparece anexo al mismo convento lo que se llamó Hospital Real de Naturales, el cual fue provisto de rentas en 1553, año que muchos autores toman como el de su fundación. Con altibajos atendió gran número de enfermos, calculándose en el siglo xviii que se daban 200 consultas diarias y tenía alrededor de 580 camas. En 1582 se fundó el Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados para atender negros, mulatos y mestizos; en 1604 se convertiría en el Hospital de San Juan de Dios, atendiendo también locos.
    Los otros dos grandes hospitales de la ciudad fueron el de Belem, en lo que es actualmente la esquina de Tacuba y Bolívar, fundado en 1675, el cual cinco años después había atendido a 25 000 pacientes, y el de San Andrés, fundado en 1770 como hospital temporal durante una epidemia de viruela convirtiéndose en el hospital general de la ciudad. Con sus 500 camas subsistió durante todo el siglo xix.
    Bien provista de hospitales, disfrutando tiempos de holgura y otros de grandes carencias, la Ciudad de México ha dispuesto siempre de instituciones destinadas al cuidado y atención de los enfermos.

*Miembros del Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina, Facultad de Medicina, unam.

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