
Esta ciudad lacustre del México antiguo, al parecer la más poblada de su tiempo, fue creada con apego a la cosmovisión de los mexicas, a ella corresponde el trazo principal de sus calzadas y la disposición del Templo Mayor, su centro ceremonial más importante.
Por ELENA ENRÍquez fuentes
el valle del Anáhuac
Frente a nosotros hay una cuenca donde se despliegan enormes espejos de agua que inundan toda la parte baja del valle, al fondo hay dos grandes volcanes, sus puntas cubiertas de nieve refulgen ante los rayos del sol. Los poblados apenas alcanzan a vislumbrarse en un horizonte donde predomina lo acuático, al centro de las lagunas se distingue una ciudad flotante. Éste fue el paisaje que contemplaron Hernán Cortés y quienes le acompañaban un día de noviembre de 1519.
Los límites aproximados de aquella urbe, que a los europeos les pareció una extraña Venecia, podemos visualizarlos hoy si pensamos que llegaban, hacia el norte, a la actual calle de Manuel González; al oriente, donde se encuentra la avenida Congreso de la Unión; por el sur, a la ahora calzada Chabacano para terminar en la de Tlalpan y, al poniente, era más irregular su delimitación, aunque podría haber estado en las calles de Abraham González y Bucareli.
La ciudad acuática tenía tres tipos de calles: pocas de tierra firme, la mayoría eran canales por donde circulaban canoas y las terceras tenían forma mixta: una parte la constituían camellones sólidos adosados a los edificios, por los que caminaban las personas, mientras la otra mitad se destinaba a la circulación de embarcaciones. Su traza estaba diseñada para que se pudiera llegar a cualquier punto por vía fluvial. Canales de diferentes dimensiones se conectaban entre sí y, sobre los más anchos e importantes, cruzaban calzadas, gracias al uso de puentes desmontables que se podían quitar en situaciones de emergencia, por ejemplo, ante el ataque de algún enemigo, o bien, cuando subía el nivel del agua de los lagos. Para penetrar a la ciudad existía un estricto control de tránsito, tanto para gente de a pie como para embarcaciones. Había garitas o fuertes en los principales puntos de acceso, que servían para controlar la entrada y salida tanto de personas como de mercancías.
Los conquistadores españoles pudieron recorrer esta peculiar ciudad y admirar su arquitectura y desarrollo urbano antes de destruirla. Son muy conocidas las crónicas de Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo, entre otros europeos, que expresaron su admiración ante la inusitada belleza de México-Tenochtitlan y su bien orquestada organización. Serge Gruzinski, en su obra La ciudad de México: una historia, señala que aquella metrópoli probablemente era la más grande del mundo pues, en aquel tiempo, Constantinopla tenía 250 mil habitantes y París 200 mil, en tanto la gran México-Tenochtitlan contaba más de 300 mil. Para esa época era una población enorme.
Tras los pasos del pueblo del sol
Pero ¿cómo y por qué, en tan sólo dos centurias, los mexicas lograron crear la ciudad más portentosa de su época? Aquel pueblo inició su peregrinar entre los años 890 y 1111. También se les conocía como aztecas, porque venían de Aztatlan o Aztlán (lugar de las garzas), se piensa que aquel mítico sitio estuvo en una isla de la laguna de Mexcaltitlán, en la actual costa de Nayarit.
Cuando arribaron al valle del Anáhuac, los lugares donde era posible habitar ya estaban ocupados por otros pueblos, a quienes tuvieron que servir. En 1323, después de un enfrentamiento con el señor de Culhuacán, huyeron al lago de Texcoco y se escondieron en islas cenagosas deshabitadas; ahí vivieron confinados, en un lugar llamado Temazcaltitlan, hasta que una mañana de 1325 vieron un águila que estaba devorando una serpiente. Era la señal prometida por su dios Huitzilopochtli, como símbolo del sitio donde deberían de erigir la ciudad que daría testimonio de su gloria.
La ciudad como espacio sagrado
Uno de los grandes misterios de la historia de México-Tenochtitlan sigue siendo el origen de su nombre. Tenochtitlan puede tener, entre otras fuentes, el vocablo náhuatl tenochtli, que quiere decir nopal de tuna dura y Tenoch, nombre del caudillo que condujo a los mexicas hasta el valle del Anáhuac. La etimología del nombre México ha generado más polémicas. Para investigadores como Hermann Beber, México se deriva de Mexitl, uno más de los nombres que recibe Huitzilopochtli. Gutierre Tibón y otros más se inclinan por la etimología sustentada por Antonio del Rincón: meztli, es luna y xictli, ombligo o centro. México quiere decir en medio de la luna o en el ombligo de la luna. La luna se reflejaba en el centro de los lagos del valle del Anáhuac y ahí se levantó la ciudad sede del imperio mexica. Alfonso Caso confirmó esta versión, al dar testimonio de que Metztliapan era el nombre antiguo de la laguna donde se fundó la gran capital del imperio de los venidos de Aztlán.
México-Tenochtitlan fue creada con apego al orden celeste conocido por los mexicas, en ella se materializó su cosmovisión. Su vértice y punto de partida era Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra, por eso el lugar predominante del centro ceremonial lo ocupaba el Templo Mayor, dedicado a la deidad solar. El templo fue colocado al éste de la gran plaza, porque por ahí cada mañana aparece el astro, después de librar una cruenta batalla con sus hermanos Coyolxauhqui (la luna) y los cuatrocientos sureños (las estrellas) quienes intentaron matarlo a él y a su madre, Coatlicue, en el cerro de Coatepec. El Templo Mayor representaba el cerro de Coatepec.
Los recintos ceremoniales eran el punto de donde partían las calzadas que dividían en cuatro a México-Tenochtitlan, como lo indica el Códice Mendoza. Esta división obedecía a dos razones: la correspondencia y orientación de los cuatro puntos cardinales y la representación del desdoblamiento del dios único o primigenio Tloque Nahuaque.
El historiador Roberto Moreno de los Arcos, explicó así la conformación del Tloque Nahuaque:
“Son dos principios opuestos que se subdividen en cuatro, en una alterna lucha que da sentido al universo: dos Tezcatlipocas y dos Quetzalcóatl, ubicados en los cuatro pétalos de la flor universal. Sus luchas habían dado origen y fin a cuatro soles, o eras de características distintas, y el México prehispánico vivía en el quinto sol, que era el resumen de todos los soles anteriores.”
En el universo concebido por los antiguos mexicanos el norte y el éste estaban bajo la tutela de Tezcatlipoca y el oeste y el sur bajo la de Quetzalcóatl. Cada uno de los puntos cardinales correspondía a uno de los cuatro barrios en que se dividía México-Tenochtitlan: Cuepopan y Teopan, se regían bajo el signo de Quetzalcóatl, y Moyotlan y Atzacualco existían al amparo de Tezcatlipoca.
El Templo Mayor no sólo era el centro físico de la metrópoli, fue su corazón, representaba la síntesis del universo religioso de los mexicas. Tenía aproximadamente una planta de 83 por 78 metros y una altura de entre 40 y 45 metros. Podemos imaginar sus dimensiones si pensamos que la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México mide 59 metros de ancho por 110 de largo y tiene una altura de 60 metros hasta la cúpula. El basamento del Templo Mayor representaba, en la cosmovisión mexica, el nivel Terrestre del universo, las escalinatas el Celeste y los recintos adoratorios de la parte superior al Omeyocan, o máximo cielo. Estaba dividido en dos partes iguales, una dedicada a Tláloc y otra a Hutzilopochtli.
Eduardo Matos Moctezuma, el arqueólogo que dirigió los trabajos para el rescate del Templo Mayor, explica que estas dos deidades eran la base de la organización económica, religiosa, zzpolítica y social de los aztecas, sustentada en la guerra, la agricultura y el tributo. Tláloc, el agua, era vital para la agricultura y Hutzilopochtli, dios de la guerra, era quien los impulsaba y protegía para conseguir prisioneros en las guerras floridas, cuyos corazones después le serían ofrendados al dios solar para asegurar la continuidad de la vida.
Huitzilopochtli y Tláloc eran, por igual, dadores de vida o de muerte. La vida era origen de la muerte y viceversa, en una sucesión continua que generaba el movimiento, los ciclos del universo: la vida se alimentaba con la muerte y la muerte con la vida.
La zona sagrada de México-Tenochtitlan era una plaza de aproximadamente 400 metros por lado; en su interior, según Fray Bernardino de Sahagún, había setenta y ocho edificios. El recinto tenía al menos tres puertas, de donde partían las tres principales calzadas que comunicaban con tierra firme: al norte la del Tepeyac, al poniente la de Tlacopan o Tacuba y hacia el sur la de Ixtapalapa y había una más corta que conducía hacia el oriente, al embarcadero por donde arribaban las canoas procedentes de Texcoco.
El urbanismo y la arquitectura de los dioses
A la llegada de los conquistadores españoles, en 1521, la ciudad ideada por los dioses se encontraba en su momento de máximo esplendor, tan sólo dos siglos después de su fundación.
Los mexicas sacaron enorme provecho de sus precariedades. Para sobrevivir en una isla con terreno fangoso, rodeada de agua salitrosa y sin áreas para el cultivo, realizaron grandes obras de ingeniería. Trajeron agua dulce de los manantiales de Chapultepec, controlaron las inundaciones, y con el famoso albarradón planeado y edificado por Netzahualcóytl, que dividía el agua dulce de la salada, pudieron contar con agua para el cultivo todo el año. El albarradón se extendía desde Ixtapalapa hasta Atzacoalco y tenía una longitud de más de 16 kilómetros. Además, con la construcción de chinampas, le ganaron espacio al lago.
Tenochtitlan fue una épica de la fe, se levantó en lo que podría parecer el lugar menos propicio para establecer una ciudad, pero los mexicas, sin dudar, confiaron en las profecías de su dios Huitzilopochtli. Creyeron en su destino y lo acataron, México-Tenochtitlan era el sitio predestinado para que floreciera el imperio de los hijos de Huitzilopochtli.
Fuentes: Bernal, Ignacio. Tenochtitlan en una isla, fce, México, 1984. Ezcurra, Ezequiel. De las Chinampas a la megalópolis. El medio ambiente en la cuenca de México, fce, México, 2000. Gruzinski, Serge. La ciudad de México: una historia, fce, México, 2004. León-Portilla, Miguel. México-Tenochtitlan su tiempo y espacio sagrados, Plaza y Valdés, México, 1992. León-Portilla, Miguel. Microhistoria de la ciudad de México, ddf, México, 1974. Matos Moctezuma, Eduardo. Vida y muerte en el Templo Mayor, fce, México, 1998. Moreno de los Arcos, Roberto. “México: las tres ciudades de la época colonial” en Revista Universidad de México, núm. 476, México, 1990. Tovar de Arechederra, Isabel et al. Nuestros orígenes, Conaculta/uia/ddf, México, 1994.