La Merced es uno de esos sitios que parecen tener un hado: desde
la época prehispánica hasta nuestros días, ha alojado una gran
actividad comercial cuya vitalidad persiste.


Por ELENA ENRÍquez fuentes

Cuando escuchamos hablar de La Merced, pensamos en el conjunto de mercados situados en el vértice de las avenidas Izazaga y Anillo de Circunvalación, pero La Merced es más que eso, pues trascendió su condición de centro de abasto y se convirtió en un barrio dedicado al comercio. ¿Cómo se dio ese proceso?
    Tres grandes mercados marcaron al barrio de La Merced: el de México-Tenochtitlan, el de El Volador (fines del siglo xviii-1860) y el de La Merced (1861-1957). Todos se abastecían gracias a la Acequia Real.

La Acequia Real
El comercio en el barrio de La Merced data de hace más de cinco siglos.
    Entre 1360 y 1420, cuando se estructuró el sistema de acequias de México-Tenochtitlan, se construyó un canal que comunicaba al imperio mexica con Xochimilco, vivero de la ciudad hasta la primera mitad del siglo xx. El afluente de aquella vía desembocaba en el costado sur de las casas de Moctezuma, donde hoy está Palacio Nacional. A través de su caudal se transportaban las mercancías para abastecer al principal mercado de México-Tenochtitlan.
    A lo largo de la vía fluvial, que atravesaba el actual barrio de La Merced, había mercados grandes y chicos, entre ellos los ahora conocidos como La Viga y Santa Anita. Del siglo xvi al xix, al canal prehispánico se le llamó Acequia Real. Su valor como vía de comunicación podría equipararse al de nuestra moderna Insurgentes. La Acequia Real se mantuvo en uso hasta principios del siglo xx y se desecó por completo en 1939. Hoy podemos ver sobre la calle de Corregidora una serie de incrustaciones en el piso que indican por dónde corrían sus aguas.

El Volador y La Merced
Contar con espacios comerciales ordenados y eficientes ha sido una batalla ancestral. En uno de los primeros intentos para lograrlo, a finales del siglo xviii se construyó el mercado de El Volador, donde ahora está la Suprema Corte de Justicia de la Nación, justo en la desembocadura de la Acequia Real. Más de un siglo después, en la década de 1860-1870, se volvió insuficiente y vendedores ambulantes inundaron la Plaza Mayor y los alrededores. Registros de esos años resguardados en el Archivo Histórico de la Ciudad de México contienen inconformidades como esta: “con este mercado se obstruye completamente el paso del público, a las cavalgaduras (sic) y los coches (…). Además las canoas que transportan maíz, carbón y demás mercaderías no pueden desembarcarlas y cuando llegan a conseguirlo es después de mucho travajo (sic) y riñas con los vendedores”.
    En 1860 se pensó en reubicar El Volador para concentrar todo el comercio que se había diseminado en sus alrededores. Ante la falta de lotes baldíos, y dada la desamortización de los bienes de la iglesia, se escogió el espacio que ocupaban la escuela, templo y parte del convento de La Merced, por su cercanía con el Puente de Roldán. Al mercado se le bautizó como La Merced en honor a Santa María de la Merced, advocación de la Virgen María venerada en la parroquia derruida –que estuvo ubicada en la hoy plaza Alonso García Bravo.
    Durante la Colonia y hasta finales del siglo xix, el puente de Roldán fue el principal puerto interior de la Ciudad de México, y estaba donde confluyen las calles de Roldán y Venustiano Carranza. Ahí convivía con la Alhóndiga, el mayor almacén de granos de la capital de la Nueva España. Al puente acudían los vendedores de los tianquixtli (tianguis) para surtirse de granos en la Alhóndiga, y de vegetales y hortalizas en las embarcaciones.
    El mercado de La Merced inició sus funciones a la intemperie en 1861; su construcción se terminó en 1880. Se le hizo demoler en 1957, cuando se inauguró el conjunto comercial ubicado sobre Anillo de Circunvalación, que también conocemos como Merced.
    Así, el antiguo mercado de La Merced, que le dio nombre al barrio, estaba entre las actuales calles de República de Uruguay (antes Puerta Falsa de La Merced), Jesús María (Estampa de La Merced) y Talavera (Puente de La Merced).
    Ir a La Merced siempre ha tenido un encanto particular, que ya don Antonio García Cubas describió en El libro de mis recuerdos, en 1904: “Entre las nueve y diez de la mañana, hora en que el sol (...) empezaba a bañar con sus ardorosos rayos la famosa y sucia calle de Roldán, las familias abandonaban el canal (…) bien abastecidas de flores y no pocas, además, de hortaliza y de legumbres”.

Bibliografía: María Rebeca Yoma Medina y Luis Alberto Martos López, Dos mercados en la historia de la ciudad de México: El Volador y La Merced, INAH, 1990; Mercados, Archivo Histórico de la Ciudad de México; Fernando Benítez, La ciudad de México, Salvat, 1984; Antonio García Cubas, El libro de mis recuerdos, Porrúa, 1985; Enrique Valencia, La Merced. Estudio ecológico de una zona de la ciudad de México, INAH, 1965.

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